Dicen que todos los caminos llevan a Roma; sin embargo, uno de ellos me llevó a ti. Tal vez seas Roma o seas mi Roma. Este año han pasado muchas cosas, tantas que para narrarlas necesitaría un mes de vacaciones y muchos pañuelos absorbentes para mis lágrimas; pero una de esas tantas cosas, y casi una de las últimas, fue que llegaras a mi vida. Tu luz, tu calor, tu color, tu risa, tus ojitos de luna son lo que alegran mi mañana y mi noche cada día. Jamás fui buena con las palabras (a pesar de lo verborrágica que puedo llegar a ser), tampoco para expresarme o hacer cartas, pero quiero que sientas en cada una de las letras la sinceridad de mi corazón. El que aparecieras fue, sin duda, mágico. Llegaste de sorpresa como la lluvia en un día soleado y lograste atravesar los muros de mi corazón como la luz atraviesa los vitrales multicolores de las catedrales. La contrariedad de tu aspecto frío con la calidez y simpatía de tu carácter me cautivó; por primera vez decidí bajar la guardia y no huir, una decisión que hasta el día de hoy agradezco haber tomado. Mi corazón, árido y seco como el desierto de Atacama, ahora es un jardín lleno de color gracias a ti. Creaste en él un ecosistema de flores y mariposas donde la alegría y la felicidad habitan sin perturbación y, en caso de aparecer nubes grises, solo basta recordar que te tengo a ti para que el cielo vuelva a despejarse. Y aunque los regalos se dan en Navidad y Reyes, culminaré este pequeño discurso de agradecimiento a tu amistad con un detallito (ve a pedirlo al dm). Feliz Año Nuevo, mi flor de luna, mi estrellita, mi Lessi… te quiero. Atentamente, tu peonía.